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Desde materiales para edificios de arquitectura sostenible hasta zapatos hechos a partir de manzanas, desde cosméticos de miel hasta innovadores tejidos “made in Italy” que han hecho resurgir una cultura que se creía extinguida, existe una agricultura funcional capaz de alimentar nuevos sectores industriales en los que la ciencia, la tecnología y la naturaleza van de la mano para reconstruir y mejorar el mundo. Italia se revela como un país a la vanguardia científica donde la tercera dimensión, la de la creatividad, con la ayuda de la tecnología y apoyándose en una agricultura especializada y en constante evolución, abre nuevos horizontes para el desarrollo sostenible. Un desarrollo en el que la intuición cuenta más que el tamaño, en el que la habilidad cuenta más que la potencia, en el que la sustancia cuenta más que el dinero. Y de sustancias alternativas, o quizás sería mejor decir sustancias, tan antiguas como el hombre, se nutre esta fábrica ecológica que es, en el modelo italiano, una fábrica dispersa que se estructura a menudo según el contexto de su región y donde la experiencia, la habilidad y la producción funcionan de forma sinérgica. Es en la llamada “química suave”, que sería mejor llamar “química natural” o incluso “alquimia de la sostenibilidad”, donde los residuos industriales, la biomasa y los cultivos de bajo impacto y de escaso valor en el mercado se convierten en potenciadores de valores gracias a la investigación y a la construcción de cadenas de suministro integradas que permiten la optimización de los procesos productivos. La tercera vía que se ha abierto en Italia relativa a la “química suave” no consiste tanto en destinar parte de los cultivos a productos no alimenticios, como sucede en otras áreas del mundo donde la producción de biomasa destinada a los biocombustibles o a la bioenergía se está convirtiendo en un peligroso competidor para la industria agroalimentaria, sino más bien en el aprovechamiento de los residuos generados por la propia industria agroalimentaria o los cultivos marginales ubicados en terrenos marginales, con el fin de obtener nuevos materiales capaces de incrementar la eficiencia general de la cadena productiva agroindustrial. Todo esto forma parte un auténtico proyecto de economía sostenible: aquella que incorpora el concepto del límite y da a los recursos finitos, infinitas aplicaciones.