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De alimento del pueblo a producto global que conserva su identidad. Lo nuevo es crear formas distintas y redescubrir los trigos antiguos.

Macaroni: así llamaban a los emigrantes italianos en el mundo. Se les identificaba con ese alimento pobre que llena el estómago. Antaño los campesinos amasaban la pasta fresca en casa y la seca era para el domingo, cuando las amas de casa disfrutaban de un poco de reposo. Pero la pasta se ha convertido en un producto global que refleja la identidad italiana, una mezcla de adherencia territorial, creatividad y cultura que produce artículos únicos. La evolución de este sector ha seguido dos caminos. Por una parte, la producción de nuevas arquitecturas: el diseño ha generado nuevos formatos -hoy se cuentan más de 300-, algunos de ellos de gran estilo. Por otra, el redescubrimiento de trigos antiguos, fundiendo Palladio, el genio de la arquitectura, y Nazzareno Strampelli, uno de los máximos genetistas que a principios del siglo XX empezó a seleccionar las espigas para obtener un trigo mejor. Este estudio ha impulsado la cerealicultura nacional generando cultivos que producen pocas cantidades pero de altísimo valor añadido, como el Senatore Cappelli, la Solina, el Grano Arso y el Farro. Un proceso que ha englobado tanto a los productores de pastas secas como a los de pastas con huevo o rellenas. La producción, que a menudo sigue los ritmos de la tradición artesanal, recibe una atención especial. Arte, ciencia y tecnología nutren a la auténtica pasta italiana. Basta pensar que, para promocionar los macaroni en el mundo, los anuncios de nuestras mejores marcas llevan la firma de directores oscarizados.