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Resulta imposible asegurar en qué momento el hombre comienza a usar las plantas para curarse o aliñar la comida. Los testimonios arqueológicos nos sitúan en torno a sesenta mil años atrás. Sin embargo, hay algunos datos precisos según los cuales ciertos rituales mágicos ligados a la naturaleza se transforman posteriormente en ciencia. Será con Hipócrates y después con Galeno cuando las plantas comienzan a convertirse en medicamento oficial. El gran salto se dará en Italia en el Bajo Medievo a partir del desarrollo de la escuela salernitana y con el "Liber cibalis et medicinalis" de Matteo Silvatico, en el que hace un llamamiento a la ciencia de las plantas que durante tanto tiempo se ha practicado y poseído por los monjes: los primeros, los benedictinos, que se sirven de la cultura y las prácticas pasadas para construir lo nuevo. En el Renacimiento, en ese crisol alquímico que fue el saber florentino entre la filosofía, magia y nueva ciencia, el huerto de los sencillos (como los médicos salernitanos llamaron a la botánica de la farmacopea, de medicamentos simples) llega a ser un monumento a la sabiduría durante el gobierno de los Medicis. El jardín botánico de Florencia, el tercero en fundarse tras los de Pisa y Padua, primero con Luca Ghini, el fundador, y después en el Setecientos con Antonio Micheli, se convierte en la fábrica de la salud y de las maravillas, secularizando la sabiduría herbolaria y la práctica del cultivo de las plantas medicinales, que no dejará de existir en los ambientes rurales, en las magias de los campesinos o en las prácticas de los druidas. Hoy en día la sección de las plantas medicinales alimenta una agricultura multifuncional; la transformación de plantas medicinales y aromáticas es un pilar de la industria que se dedica a la producción de alimentos funcionales a través de una constante investigación. Italia es, gracias a su extraordinaria biodiversidad -de un treinta por ciento de la superficie europea alberga el 50% de las especies vegetales del continente- el jardín de los sencillos, donde las plantas constituyen aún el lazo de unión entre la gastronomía y la farmacopea y donde cultivarlas, estudiarlas y usarlas aúna ciencia y prácticas rurales, tecnología y magia.