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Más de un millón de colmenas de las que 35.000 apicultores obtienen 23.000 toneladas de producto. Máxima expresión de esta «heroica» apicultura son las «monoflorales» y la Ligustica, una abeja única en el mundo.

Sin ellas se perderían más de tres cuartos de la producción agrícola. Pero un indisimulado afán globalizador de producción las está amenazando. Prescindiendo de los hombres que las acuden, nadie se interesaría en su lucha: son las abejas italianas, las mejores del mundo, productoras de la mejor miel del mundo. Autóctona de Italia y con un único pariente cercano en Sicilia, la especie Ligustica es la más hábil en la selección de las flores, resiste al frío y al calor, come mucho y ofrece una excelente producción. Explotando esta especie (que se exporta a todo el mundo) y la enorme biodiversidad italiana, los apicultores han abierto una vía nueva: la de las mieles monoflorales. Italia es el único país capaz de producir mieles preciadas, ingredientes actuales de la alta cocina, con plantas que otros no utilizan. Existen tres razones para ello. En primer lugar, con sus valles y colinas la orografía italiana permite alimentar las colmenas a alturas y durante períodos muy variados; en segundo lugar, los apicultores italianos -fundamentalmente un ejército de aficionados- practican el nomadismo de las colmenas, desplazando a menudo las abejas durante la floración; por último, la creatividad italiana se refleja en los productos de la colmena: de la cera al propóleo, la jalea real o la miel de la Ligustica, todos ellos se caracterizan por su naturalidad y diversidad. Lo que traducido significa: calidad absoluta. Si en Italia hoy se empieza a hablar de «mieles» en lugar de «miel», se debe a estos revolucionarios y heroicos productores.