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Producir chocolate ha asumido un valor cultural. Existe una escuela italiana, altamente creativa, que se apropia de la cadena de producción para controlar la calidad

Un verso de Guido Gozzano -nacido en Piamonte, región donde Turín se eleva a capital del chocolate en el mundo- ilustra mejor que cualquier otro estudio socioantropológico cuál es el enfoque italiano en el arte de preparar dulces con cacao: «O bellas bocas intactas de jóvenes señoras besaros en el sabor de crema y de chocolate.» Es un enfoque culto y goloso a la vez, sensual y lírico. La pericia artesanal que se hace industria, pero sin abandonar este código: producir chocolate y crear alegría. Por eso, por una parte la evolución ha llevado a experimentar nuevos sabores, nuevos métodos de elaboración y nuevas formas, y por otra, a controlar la cadena productiva para garantizar la máxima calidad. Muchos productores italianos, incluso de dimensiones reducidas pero de altísima especialización cualitativa, han recorrido marcha atrás la vía del cacao, estableciendo acuerdos con los cultivadores y adquiriendo a menudo las plantaciones. En el mundo existe un estilo italiano del chocolate y en Italia existen tres «escuelas» de producción: en Piamonte, en el centro de Italia –especialmente en Toscana– y en Sicilia, donde el chocolate se realiza con una técnica particular. En estas corrientes se inspiran hoy todos los productores que han sido capaces de ofrecer al mundo una reedición del «dulce estilo nuevo»: una poesía en forma de chocolatina.